martes, 22 de junio de 2010

Spaguetti para uno


     








 Su amigo Gonzalo no había tenido ningún reparo en ayudare cuando él se lo pidió. Se conocían desde pequeños. Estudiaron en diferentes Universidades y en los últimos siete años habían tonteado juntos con divertidos proyectos de investigación. A pesar de ser un afamado cirujano, el riesgo de rozar la legalidad siempre había seducido a Gonzalo; al contrario de Agustín, menos dado a la aventura y que solía debilitar con complicados logaritmos la mayoría de las ideas transgresoras de su amigo. Los dos sabían que esta última idea cuestionaba la ética y era posiblemente delictiva, sin embargo, y aunque motivados por impulsos diferentes, ninguno de los dos impidió que todo siguiera adelante.
      Ya está hecho, pensó Agustín viendo a Gonzalo eufórico caminar hacia él por el pasillo del hospital,. El plan se había completado cuando la mujer de Agustín pidió a Gonzalo una nueva operación en su rostro. Después de ojeras, nariz y labios, esta vez tocaban los pómulos que al parecer estaban caídos y faltos de volumen.
      ––Solo con mirarte sé que pudiste hacerlo. Dijo Agustin con aire de triunfo, dándole un palmadita en el hombro. Gracias amigo.
      ––Todo ha salido según lo previsto–– , contestó el cirujano con satisfacción. –– El sensor está encapsulado en su brazo, ahora solo toca explicarle como ha llegado la cicatriz ahí y que sea creíble. No todos los implantes de pómulos terminan con seis puntos de sutura en el brazo––, frivolizó guiñándole un ojo. ––Con el tiempo solo se palpará una pequeña dureza que se podrá justificar como restos de la cicatriz.
      Habían transcurrido ya once meses y Agustín estaba en el sofá cuando ella llegó, anticipándose a su hora habitual. El ordenador reposaba en sus piernas, y estas, a su vez, sobre la mesita baja. Unos cuantos cojines se esparcían a sus anchas por el suelo del salón. Al escuchar la llave en la cerradura, se levantó apresurado y dejando a un lado el portátil, devolvió los cojines al sofá, se abrochó el pantalón y se puso los zapatos.
      –– Hola cariño. ¿Cómo te fue el día? ––. Preguntó.
      –– Podía haber sido mejor, contestó ella, dirigiendo sus ojos a las huellas de la mesita de cristal.
La mirada fue fulminante.
      ––¿Cuántas veces necesitas que te lo diga?, no quiero los pies en la mesa, no es higiénico. ¿Tienes idea de la cantidad de hongos que se cultivan en los pies?. Sabes que me gusta comer sobre la mesa. Cualquiera diría que es la primera vez que te lo digo.
      ––Creo que iré preparando la cena––. El se levantó del sofá en dirección al perchero del pasillo. Sacó el mando de su chaqueta y se fue a la cocina. El cigarrillo que encendió frustró de nuevo su intento de dejar el tabaco.
      ––Esta maldita cicatriz me está matando––, chilló ella irritada desde la habitación a la vez que liberaba sus pies de los tacones.
      Por un momento, él se sintió culpable.

      ––Voy a cocer pasta, ¿te apetece otra cosa?. Preguntó él con el mando agarrado en el bolsillo de su pantalón. Siempre intentaba esperar el máximo tiempo posible antes de hacerlo.

      ––¿Otra vez pasta? ¿Te has fijado? Dime ¿Te has fijado en la cara de sémola que se me está poniendo?. Tienes la misma imaginación para la cocina como para otras cosas. Puedes comerte tu pasta , yo me haré una ensalada.
El seguía con el dispositivo en la mano esperando que se calmara. A veces pasaba.

      ––Me paso el día trabajando––, continuó ella, –– y tu aquí, trabajando en casa, o eso dices. Deberías de salir ahí fuera y pelearte con los clientes en vez de estar todo el día con tus programaciones idiotas. Sabes, no entiendo que aportas a mi vida. No entiendo que hice casándome contigo. No entiendo nada de esta vida que llevo––. Seguía chillando histriónicamente mientras se desvestía, se lavaba las manos y toda aquella rutina infinita de cada día.

      Ella ya no iba a parar. El no contestó. Se había pasado la vida evitando los conflictos pero diez años de matrimonio habían sido suficientes para robarle todo el oxigeno. Podía haberse ido de casa, sin embargo la soledad era pagar un precio muy alto. Suspiró y sacando el mando a distancia, accionó con decisión la tecla de bajar volumen y tras media hora ininterrumpida de escuchar en bajo sus reproches, apretó el Mute. Excitado ante el plato de spaghetti y su copa de vino, envuelto en aquel placentero silencio, abrió su imaginación a nuevas utilidades.
DeMarian. Mayo 10.

3 comentarios:

Manuel Maria Torres Rojas dijo...

¡BUEN RITMO NARRATIVO! YO ERA UN POETA QUE SÓLO DESEABA CONOCER LA NOCHE. AHORA DESEO CONOCER OTROS RELATOS TUYOS...

Zé Silva dijo...

Me gusta, realmente bueno!
Me alegra saber que este relato proviene de una mente femenina, es otra muestra de inteligencia y sensibilidad.

Anónimo dijo...

¡Qué lástima! ... cuán hondo han calado los roles de género a pesar del tiempo en que vivimos. Ni siquiera a una "mente femenina" como la suya (según expresa otro de sus seguidores) ha conseguido que esa "inteligencia y sensibilidad" sirviese para por una vez y en clave de humor (es lo único bueno del relato) poner en el lugar que les corresponde a sus iguales... las mujeres.
¿Será porque quizás también tiene una cicatriz en su brazo?